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Viajero del infinito


 

Dicen que me llamo Matías Cravero, pero yo siento que soy Daimon de los Chubascos. Algo así como el genio de la lluvia menuda, o un vórtice escupe metáforas que gira en tu sopa de endorfinas. Como sea que sea, les comparto, desde esta sureña Argentina, un cuento titulado "Viajero del Infinito". Se trata de un texto sobre la condena y el extravío. El señor K, protagonista de "El castillo" (Kafka), dice en un momento que se siente en tierras extrañas, donde nunca nadie ha estado antes, y que lo único que puede hacer es seguir avanzando, seguir extraviándose. Algo de eso experimenta el protagonista central de mi cuento "Viajero del Infinito", pero con la diferencia de que sus alegrías y cuitas transcurren en una época en la que la tecnología se encuentra híper desarrollada. A leer chavales..

 

Viajero del Infinito



Entre el poncho y la pelliza

La lluvia rumorosa caía incesante en la noche oscura sin luna.

Yo seguía vagando en el continum 19, desde hacía ya cien o mil años, difícil poder expresarlo con precisión.

Pero esa noche, velada por un negro profundo, prometía una línea de fuga, o al menos eso era lo que yo anhelaba con fruición y quería imponerle a la noche. Un quiebre, una grieta en el circuito que me absorbía de manera persistente.

Caminé por los suburbios de Intertext, siguiendo el pequeño sendero enlodado que desemboca en el lago con aguas color esmeralda. Iba atento a todos los sonidos del ambiente.

Casi llegando a la cabecera norte del lago, escuché alaridos desgarradores.

Supuse, con gran acierto, que se trataba de otra escaramuza entre los cholos peruanos y los rusos. Dos grupos que en los últimos tiempos se habían ensañado en una competencia tan absurda como ponzoñosa.

Me detuve tras unos arbustos, a pocos metros de la playa. Y con algo de esfuerzo visual, logré enfocar al grupo de los cholos que, reciamente emponchados, se habían sentado sobre un conjunto de rocas redondeadas. Algunos chacchaban coca, otros, plato entre las piernas, comían cecina.

En diagonal sureste, a unos cien pasos de distancia, se encontraban los rusos, parapetados entre los palos podridos de lo que alguna vez fue un pequeño muelle. La mayoría esnifaba rapé con gesto nervioso, y unos pocos bebían suculentos tragos de unas botellas de barro cocido, que seguramente contenían vodka.

Tras breves lapsos de silencio, arreciaban los alaridos. Bastaba que dos o tres cholos ulularan para que inmediatamente dos o tres rusos les respondieran con sendos gritos desgarradores.

Cada grupo contaba con sus ases, con sus gritones más aguerridos. Los cholos atesoraban entre sus filas al Simón Robles, mientras que los rusos prohijaban al conde Vronsky.

Desalentado por tener que ver y escuchar más de lo mismo, me llevé las manos a la cabeza con el objetivo de tapar mis orejas. Así estaba, embotado, con la mirada perdida en un punto cualquiera del lúgubre firmamento, oyendo sin querer oír, cuando escuché un sonido diferente, beatífico, como de trinos de pájaros al alba.

Levanté la vista y allí estaba, refulgente, invitando a cruzarlo, un puente de fina estampa, un pontón de adornos barrocos, de balaustradas marmóreas, de acceso al otro lado…

Lo atravesé expectante, ilusionado, con esa fascinación que siempre ha provocado la posibilidad de un Otro aguardando al doblar la esquina, o, en este caso, esperando al cruzar el puente.

Mis anhelos de aventura no quedaron defraudados cuando al llegar, pude apreciar una vasta pradera de pastos muy crecidos y árboles esparcidos por aquí y por allá en pequeños grupos. Hasta ahí nada descomunal. Pero lo que casi paraliza mi corazón fue la imagen centelleante de millares de pequeños seres alados, que a lo lejos semejaban loros pero de cerca mostraban un rostro humano, sin menoscabo de sus picos y sus plumas coloridas.

Más adelante, luego de hablar con las orugas psicodélicas, supe que se trataba de los lorensevis, desagradables plumíferos, magistrados implacables, que predicaban la imparcialidad y el deber, pero no dudaban en zambullirse en cuanta copa de placer encontraban por allí, lanzando tenebrosos chirridos, batiendo sus amenazantes y ganchudos picos.

Cuando yo di mis primeros pasos por aquella inquietante pradera, los asquerosamente pundonorosos lorensevis parecían disfrutar de una suerte de prolongado orgasmo en las copas de ciertos ombúes que señoreaban a la vera de un pequeño arroyo. Los amenazantes chirridos que pude escuchar durante los últimos metros del puente, habían sido reemplazados por gemidos que ululaban entre metálicos y sedosos, quebrando el aire y oprimiendo el corazón.

Me cuesta, aún hoy, describir con precisión los matices de esos gemidos untuosos, pérfidos, carentes de toda armonía. Por momentos semejaban el sonido de un utensilio de acero raspando cualquier superficie de cristal, pero en ciertos instantes era más bien un zumbido chabacano, que parecía incluir la articulación de palabras habladas en una lengua extraña, pero asequible a la intuición.

Cuando intenté acercarme al grupo de ombúes para otear bien de cerca qué era lo que allí hacían esos loros con rostro humano, tropecé y caí por un oscuro ducto que me depositó en

la madriguera de las orugas psicodélicas. Estos animales eran enormes, medían entre dos y tres metros de largo, y podían hablar todos los idiomas existentes.


Debates telepáticos

Una oruga algo ridícula, que remataba sus gestos de poder con un bonete carmesí, me dijo en español que ya había corrido demasiada agua bajo el puente para seguir gastando saliva en palabras, y que por lo tanto nuestras reflexiones serían transmitidas telepáticamente.

Creo que sudé y comencé a tartamudear, pero la oruga alfa no me dejó proseguir. Rápidamente introdujo en mi boca una raíz de color violeta y gusto amargo, indicándome que la masticara poco y la tragara cuanto antes. Eso hice y entonces, un calor hormigueante se apoderó de mi esófago y desde allí, cual despeinado y flamígero rayo, subió hacia mi cabeza y me abrió las puertas de la telepatía, como quien abre una puerta para ir a jugar.

Mi interlocutora, de un verde fulgurante, moteado de amarillo y negro, recostaba sus numerosos y gelatinosos anillos sobre una suerte de sofá, movía de manera hipnotizantes sus cientos de manos-pies, y fumaba yescas de un hongo (sospecho que alucinógeno) en un narguile.

--Los radiantes chirimbolos ya no están, y en su lugar niebla, hueco y morriña – dijo o pensó la sabia oruga.

--Más vale abejorro en mano que galaxia espiralada girando sin ton ni son – dije o pensé a modo de contestación.

Luego me convidó el narguile y fumé tan a las apuradas que se me voló la cabeza y ya no entendía, ni me importaba entender, nada de nada, ni la tela para cortar que dejaban las reflexiones de la blanda larva, ni la suerte de criptograma que trazaban mis propios comentarios.

De pronto estábamos en una reunión de la logia neoliberal. Angry Merdel presidía las libaciones y monopolizaba el uso de la palabra.

Resultaba sencillamente imposible catalogar a Merdel como hombre o mujer. Tampoco daba el tipo transexual. No sé. La verdad que los únicos adjetivos que le entraban como un buen guante, es decir, a la perfección, eran aquellos que se inscribían en la línea de lo aborrecible y desagradable.

Entre jarra y jarra de cerveza, Merdel oraba a grito pelado, cantaba el acerado credo de los mercados, y también matizaba todo aquello con furiosas imprecaciones y amenazas ante los díscolos populistas, los rebeldes, los altermundistas y los fumones.

En la cresta discursiva de Merdel, cuando todo indicaba que su perorata llegaba a un orgasmo seco y carroñero, Wolfg Schaucha, el gran psico killer del extremo centro, interrumpió la puesta en escena, con gritos de denuncia, con enrojecidas mejillas de pillo embustero y cizañero.

La oruga y yo. Los neoliberales, la oruga y yo. Soy la oruga que repta en una rama deshojada. Soy la Merdel de esta obra vanidosa y enlodada.

--- No entiendo la comodidad enfermiza del dogma, su violencia encarnizada, senil, mecánica. El dogma es viejo, pero sin sabiduría.

--- Claro. Y se enoja con furia suprema si alterás su rutina. En especial su siesta y su tasa fija de ganancias.

--- Claro, al menos eso altera a los maliciosos neoliberales.

--- Y a todos en general. La pandilla neoliberal es experta en ganancias, pero no es la única agrupación sedienta de éxitos y dividendos.

Tasa de ganancias, soy la oruga endrogada viajando dentro del viento que ulula y refriega sus alas de frío contra los cristales empañados de las casas sombrías.

Merdel de la hegemonía desimbolizante, soy el hombre unidimensional que medra y consume y piensa que se encuentra autofundado, cuando en realidad se encuentra colonizado hasta el tuétano por este capitalismo hipermoderno, que tira la piedra y esconde la mano, reduce cabezas y mira para otro lado.

Locomía cincuentón, soy el grito de la moda que quedó atrás y repta entre berenjenales sin dar nunca con la clave, sin tocar jamás la tecla correcta, frustrado, no realizado, errabundo de dichas y sosiegos.

--- No creo que la poesía sea la máxima expresión de la literatura. Es antojadiza, y a veces hasta un agente publicitario, medio de carambola, llega a escribir un puñado de buenos versos, o aceptables al menos. El cuento corto es demasiado abrupto, y nunca alcanza la altura crucero. La novela corta o el cuento largo son para mí la justa medida, la médula de la verdadera literatura.

--- ¿Verdadera literatura? ¿Justa medida? Hay mucho tufillo a elitismo en tu planteo. Sólo unos pocos elegidos serían los auténticos escritores, y el resto, una plebe de aventureros advenedizos. ¿Y qué es eso de la altura crucero? ¡Por favor! Si toda obra literaria conmovedora, profundamente conmovedora, ha sido siempre desmesurada, plagada de altibajos, errores y azares.

--- ¡Vamos, no seas demagógico! Vos entendés lo que estoy diciendo. La prosa de largo aliento es la que permite desplegar un talento, una trama que vaya más allá del fogonazo más o menos a la bartola del poeta maldito.

--- Y esa misma prosa extensa de la que hablás embobado, es la que puede matarte de aburrimiento, llenando páginas y más páginas con detalles prescindibles, con soporíferas descripciones del paisaje, etc., etc.

La oruga en el pico del pájaro oscuro que vuela muerto arrastrado por el viento.

El viento atrapado en el ojo del pájaro oscuro que es devorado por la oruga del tiempo.

Lorensevis amparados en sus fueros, corporativizantes, lorensevis pontificando, lorensevis chillando su espanto ante un mundo no tabulado ni estratificado.

De repente, cual relámpago descerrajado a ciegas en el sexo de la noche tormentosa, el peligro resoplando en mi nuca. La oruga conminándome a reaccionar. Facilitándome un pasaporte falso para escapar. Yo, viajero del infinito, debía partir una vez más. El lorensevi mayor me había tendido una celada, con testigos falsos dispuestos a probar que yo era una suerte de terrorista de la poesía, un perverso arropado tras la metáfora, un degenerado degenerando las mentes de las jóvenes generaciones.


Perdido en el crepúsculo

Crepuscular era el nombre de la ciudad en la que recalé al descender de la aeronave que me trasladó con documentos falsos, peluca y nariz de fantasía.

El beso de agua activa la semilla. En ciudad Crepuscular se vivía un eterno amanecer. El alba se desplegaba infinita y constantemente.

Las nubes rosadas, los pliegues atmosféricos, las perlas de rocío, se hallaban como a punto de transponer su propio umbral, como prontas a desestabilizarse y tentar otras formas.

A punto de mutar, pero sin embargo, ese cambio inminente, no se retrasaba vía un expediente fotográfico, o a través de un congelamiento del movimiento. Lo que había era un tiempo vibrante, un éxtasis dinámico, una demora sin esplín, lo que sin duda ayudaba a conformar, de manera clave, la idiosincrasia de sus habitantes.

Los residentes de ciudad Crepuscular eran optimistas sagaces, afables alocados que tomaban la vida por las astas, suponiendo que la hermosa puta de infinitas formas, en algún momento cristalizase en determinada testa cornuda. O la tomaban por culo, o la vacilaban, en fin, la afrontaban con una algarabía filosa, que en nada semejaba ese hipismo diluido, de sonrisa vacía, que desde algunas posiciones new age se supo alentar en otros tiempos y en otras tierras.

Los crepusculares tenían no obstante, un costado frágil, necesitado, demandante… y es que no soportaban la ausencia de individuos tristes, apáticos, flemáticos. Entre ellos, las personas con esas características eran una minoría menguante, y ya se habían registrado coyunturas en las que directamente esos sujetos habían faltado por completo.

Por eso el Consejo General de Ministros había recurrido a la desesperada búsqueda de extranjeros dispuestos a actuar, de modo convincente, el rol de abatidas víctimas del devenir, el papel de pusilánimes. A esos actores no se les exigía un frondoso currículum, sólo les pedían convicción, capacidad de entrega hacia el personaje, y a cambio les pagaban salarios muy elevados, asegurándoles en todo momento una vida de confort material.

En mi caso, la oruga psicodélica me había obsequiado un pasaporte falso, en el que figuraba el sello de ganador del casting final. Casting que jamás me había interesado, pese a la profusa publicidad que en torno suyo se disemina, en el tiempo y en el espacio. Por ende, si ese selectivo actoral nunca había sido objeto de mi deseo, mucho menos lo había sido de mi accionar. Así pues, yo entraba a ciudad Crepuscular bajo el estandarte de la falsedad, e investido de un respeto que me desconcertaba hondamente.

Apenas el avión interestelar aterrizó en el aeropuerto “Wilder da Fonseca”, una pequeña comitiva de bienvenida se hizo presente para recibirme y acompañarme hasta la casa en la que me iba a hospedar.

Se trataba de una antigua mansión que había sido refaccionada sutilmente, para incorporarle los últimos adelantos de la tecnología, sin que ello rebaje su orgullo señorial, su aire de austera magnificencia.

Sobre un contundente escritorio de algarrobo, encontré un libro encuadernado con la pasión y el detalle que sólo puede brindar un trabajo artesanal, de obsesión por el detalle y el acabado perfecto.

En las primeras páginas del sofisticado volumen, había una biografía del patriarca da Fonseca, en la que, con una tipografía de reminiscencias arábigas, se resaltaban sus aristas más exitosas, o al menos, las de mayor impacto comunitario. Entre esos logros, el que acaparaba mayor cantidad de parágrafos laudatorios, era la invención del plastinafil, un compuesto químico que se presentaba en cápsulas, capaces de combinar el efecto eréctil del mejor sildenafil con el efecto viboreante del plastinacus. De tal manera que da Fonseca había aunado en un mismo medicamento, los deseos contradictorios de hombres y mujeres desde la época en que Paris secuestró a Helena; había, sin duda, encontrado lo duro flexible, lo penetrante acariciador, para delicia de varones y féminas.

A partir de la página cuatro, se sucedían imágenes de hermosas mujeres, bajo el título general de las consoladoras. No estaban ni desnudas ni vestidas con lencería íntima. Posaban con ropajes comunes, cotidianos, pero en sus rostros, en sus gestos, y en las maravillosas curvas que insinuaban bajo las prendas de vestir, se adivinaba su accesibilidad, su entrega carnal desenfrenada, tal vez sin condicionamientos.

Al lado de cada fotografía había un código alfanumérico. La idea era simple, tras observar y elegir alguna de esas adorables mujeres, se marcaba el código en la pantalla táctil incorporada a la pared de la sala escritorio, y en breves minutos la consoladora escogida se hacía presente, para gran alborozo sanguíneo del elector.

Me decidí por Zen, una morocha de labios gruesos y caderas sublimes. Antes de marcar su código noté con cierta sorpresa que no tenía apetito, pese a que hacía más de 12 horas que no probaba bocado. Descorché un vino añejo, bebí despacio de una copa amplia y elegante, para luego marcar con total convicción la clave alfanumérica asignada a Zen.

Tardó apenas quince minutos en llegar.

Vestía una camisola de bambula, ideal para la tórrida temperatura que sazonaba el eterno amanecer de los crepusculares. Cuando la vi tan liviana de ropas, pensé que tal vez por eso de las altas temperaturas es que la ciudad permanecía suspendida en los albores del día, y que si alguna vez avanzara la jornada, y llegara por ejemplo el mediodía, todos terminarían calcinados. Eso pensé como quien toma un respiro o hace un brevísimo paréntesis antes de saltar al mar desde un peñasco. Y luego me dejé arrastrar por la exuberante belleza de Zen, por su aroma a roble y camelia, por sus dedos suaves y finos, que me acariciaron el mentón, mientras me preguntaba risueña si no prefería quitarme la peluca color mostaza y la nariz aguileña, artefactos de fantasía que supuestamente me volvían parecido al individuo que verdaderamente había ganado el casting y que la oruga telepática, había desplazado quién sabe dónde, para ubicarme a mí en su lugar.

“¿Pero entonces todos se dieron cuenta de que porto este disfraz?”, le pregunté mientras me sacaba la nariz siliconada y la abollaba un poco, cerrando y abriendo el puño de la mano derecha.

“Por supuesto que sí. Pero no te preocupes. Aquí nadie cuestiona las excentricidades de los actores. Vive y deja vivir, es nuestro lema sagrado”, me respondió ya menos sonriente, como sospechando que yo iba a ser del tipo conversador, de los que ya sea para disimular sus apetitos sexuales devoradores, por nerviosismo o por pura idiotez, toman a la meretriz que tienen en frente, como una suerte de amiga con la que aparentemente anhelan charlatanear.

Para romper de raíz ese equívoco, y demostrarle que no carecía de tacto o sentido de lo conveniente, comencé a desnudarme mientras alababa con total sinceridad su hermosura fulgurante, casi excesiva.

Ella pareció endulzar su mirada ante esta repentización mía, se desnudó a su vez, para luego extraer de su cartera un pequeño estuche de metal, color dorado, dentro del cual se veían tres cápsulas de plastinafil. Me ofreció una. Le dije que no, que muchas gracias, pero que no hacía falta. Y era verdad, porque yo estaba tan excitado que una fenomenal erección hacía que mi pena pujara por agujerear el calzón y el pantalón que lo cobijaban. Pero también era mentira, porque jamás había probado el plastinafil, y por lo tanto no sabía, con total certeza, si no me hacía falta. Podía engañar y engañarme con la autosuficiencia o estrechez de quien, enamorado de su propia sensación de seguridad, repele algo nuevo, bajo el imperio de un secreto temor, dudar, ver las grietas que existen o que comienzan a abrirse camino en su plataforma de estabilidad.

Zen insistió. Sostenía la cápsula entre el dedo pulgar e índice de su mano derecha. Y al escuchar su voz que era un arrullo de sensualidad, y al mirar aquellos dedos que eran la delicadeza en su máxima expresión, un arrebato de pasión me ganó por entero, tomé la cápsula y en el mismo acto lamí sus falanges con una delectación compulsiva. Ella sonrió con suaves estridencias, y me ofreció sus senos, para proseguir en ellos mis ejercicios de succión.

Las tetas de Zen eran redondeadas, con pezones no muy largos pero gruesos, de color marrón claro. No tenían ningún rastro de cirugía, nada en ellas hacía pensar en implantes o retoques cosméticos. Me aferré a sus pechos como el náufrago que se aferra a un madero en medio de un oleaje tempestuoso.

Y en cierta forma yo era un náufrago condenado a vagar infinitamente por uno de los más caóticos andariveles cósmicos, el continum 19.

Vagar, naufragar, huir, mentir, impostar, suplantar, temer, medrar, engañar, esas eran mis acciones más frecuentes.

Por eso nadie debe extrañarse demasiado si, mientras permanecía arrodillado sobre el amplio sillón de tres cuerpos que se hallaba en el escritorio, mientras lamía, acariciaba, chupaba y estrujaba la magia de sus tetas, olvidaba el mundo, los mundos y todas mis miserias.

Por su parte Zen ya me había bajado el pantalón y comenzaba a sobar mi pija, tiesa y deseosa de cavidades húmedas. Con una mano me acariciaba los testículos y con la otra jugueteaba con el glande, apretando lo justo, descorriendo lo necesario.

No sé cuánto tiempo estuvimos así, pero prefiero pensar, contra todo razonamiento sensato, que fueron algunos años. Yo salí de ese adorable olvido de todo, de esa previa hipnótica y embrujadora, recién cuando Zen se agachó para chuparme el falo con una chapoteante combinación de labios, saliva y lengua.

Afortunadamente la felatio fue breve, porque creo que no hubiese resistido mucho más aquella suavidad bucal, esos labios pétalos, esa lengua aterciopelada, hubiese eyaculado a diestra y siniestra, arruinando la cópula. Pero eso no ocurrió, y Zen volvió a manipular mi falo, como para cerciorarse de que su consistencia era la óptima, me hizo recostar decúbito dorsal, y se sentó arriba mío, engullendo la pija con su vagina humectada, palpitante, y bastante más estrecha de lo que yo sospechaba.

Durante los primeros minutos no experimenté nada excepcional, cierto es que Zen movía las caderas como una odalisca, y me daba el beneficio de gozar con sus contoneos sin realizar yo casi ningún gasto energético, pero eso ya me había pasado uno que otra vez con mujeres activas y de iniciativa feroz.

Lo nuevo, lo realmente inédito en mi larga trayectoria de fornicador, fue algo que intuí/sentí y que no pude ver, aunque lo intenté, debido a la muy mala perspectiva visual que me otorgaba mi posición.

Se trataba de una suerte de escisión o bifurcación de mi falo, unos cinco centímetros antes del nacimiento del glande. Me costaba muchísimo hacerme una imagen visual de lo que estaba ocurriendo en aquella zona de mi geografía corporal, pero supuse o imaginé que algo así como un dedo pulgar se levantaba desde aquel punto, y con cada nueva penetración rozaba y acariciaba el clítoris de Zen, multiplicando sus gemidos, sus golpes de cadera y su rostro desencajado por el placer.

Cuando cambiamos de posición aproveché para lanzar una aguda mirada hacia mi falo, y caí presa de una gran sorpresa, no vi nada fuera de lo común. Yo estaba realmente confundido.

Continuamos la jodienda. Ella se colocó en cuatro patas y yo entré por popa. Al instante noté que una parte de mi pija permanecía dura como una barra de acero, pero otro sector, se movía gelatinoso, hacia abajo, como buscando lamer la vulva de Zen. Y se me ocurrió lamer porque la sensación táctil que me provocaba aquel segundo movimiento de mis genitales, era la de una lengua practicando sexo oral.

Volví a enfocar mis ojos hacia la zona en cuestión, esta vez gozando de una perspectiva mucho más clara, pero otra vez no vi nada anormal. Y allí, en ese instante, como un rayo poderoso, ardió e iluminó mi mente el recuerdo de la cápsula ingerida. Le atribuí con la velocidad típica del pensamiento atravesado por el goce carnal, la responsabilidad ante las experiencias paranormales, parafálicas que estaba viviendo. Deduje, o simplemente rememoré algún prospecto que en el pasado leí, que el plastinafil debía tener efectos más psíquicos que físicos, y que seguramente se amoldaba al deseo de la mujer y del varón, modificando algo del orden de la cinética sin que en principio cambie la forma de los genitales, haciendo que ocurra lo que pedía el momento y la posición adoptada por los amantes.

No tuve tiempo para más elucubraciones porque Zen alcanzó la siempre excepcional y exuberante eyaculación femenina, enchastrando todo el soberbio sillón de tres cuerpos. Yo saqué la pinga de su ano dilatado como la mitad de una naranja, con la intención de tomar un descanso, pero ella me tomó de la mano y me llevó sin mediar paréntesis, hacia una de las habitaciones, en la que nos aguardaba una suntuosa cama de dos plazas y media.

Una vez allí me arrojó sobre el colchón, montó mi cara con su culo pulposo y nada fláccido, para que desde esa ásana yo pudiese lamerla mejor, y ella con su boca frutada buscó mi pene para volver a chuparlo con dedicada delectación. Así estuvimos un largo rato, durante el que descubrí una imposibilidad o dificultad preocupante: no podía eyacular.

Ya más relajado tras haber presenciado el squirt de Zen, pensé que iba a poder correrme sin nada que lamentar, (la mala conciencia del eyaculador precoz), pero no fue así. Me acercaba al momento cumbre pero no podía concretarlo. Eso empezó a incomodarme, sumado al hecho de que Zen ya iba como por su cuarto orgasmo y no daba muestras de querer hacer una pausa.

Entonces me pintó un cierto bajón de ánimo, y me dio por pensar en mi condena, en mi eterna libertad condicional dentro del continum 19. Vagar, huir siempre, para salvar el pellejo, para prolongar la condena. Al menos Juan Salvo, que también purgó una durísima pena, muy similar a la mía, pudo reencontrarse con los suyos, con su querida familia. En mi caso, ni esa esperanza me queda, porque sé que no hay nadie esperando por mí, ni había nadie antes de que los Jerarcas, me hundieran con su atroz fallo, con su lapidario veredicto.

Así, entristecido por tan amargas reflexiones, seguía cojiendo… Zen se había colocado de costado, reclinada sobre su brazo derecho, y yo la penetraba recostado sobre mi brazo izquierdo, la posición que algunos denominan de la tijera. El viejo mete y saca, aggiornado por un producto químico de vanguardia, mi vieja tristeza volviendo, combinada con arrestos de ira. ¿Por qué continuar sirviendo como trozo de carne palpitante a una ninfómana crepuscular? ¿Por qué no matarla? ¿Por qué no apretar su cuello de perra insaciable hasta asfixiarla?

Entre las patas de un alosaurio, escabulléndome. Junto a los homo neanderthalensis, aullando las penas, devorando las alegrías. Sobre el lomo de uno de los elefantes de Aníbal, esperando por el derrumbe de Roma. Viajero del infinito, siervo del tiempo, desarraigado, y Zen que seguía gimiendo y pidiéndome más pinga.

Ah las revueltas del siglo XX, la revolución cubana, combatiendo en Alegría de Pío, ayudando a Guevara, para que un traspié no sea un derrumbe.

Siempre fugaz, intruso subrepticio, condenado, atado a los grilletes invisibles del continum 19.

Y Zen que me pedía o me pide más velocidad en la penetración, difícil exigir precisiones cronológicas a quien se mueve a los tumbos en el tiempo, retrocediendo y avanzando, por plantearlo de un modo convencional, aunque mejor sería decir zigzagueando, porque has de saber, querido lector de estas atolondradas memorias, que el tiempo, librado a su propia dinámica, en nada se parece a esa trilogía ordenada y limpita del ayer, el hoy y el mañana. Eso es lenguaje, ficción del símbolo, prótesis reguladora.

Pero una vez que, tras algún evento lo suficientemente denso y grávido, se rompe el efecto galvanizador del lenguaje, el tiempo se muestra como la hidra maldita que es, agitando sus cabezas, mezclándolo todo, dispersando su veneno, volviendo niebla y espejismo las realidades más consolidadas, más orondas y autosatisfechas.

Por eso es que yo accedía o accedo a darle más ritmo a mis caderas, para que a su vez le otorguen mayor velocidad a mi pene, cuya forma ya desconozco, pues me parecía o me parece que se volvió o se vuelve una masa mutante imposible de fijar.

Mientras me hallaba enfrascado en aquel trajín, vino a mi mente una tonada musical que mi madre solía poner en el equipo musical. Una suerte de tango con matices de chamamé. Y después pensé en los lorensevis, en su nefasto rol de magistrados a sueldo de los Jerarcas. Me sentí tan desdichado que empecé a llorar, silenciosa y sostenidamente. En aquel momento ella yacía decúbito dorsal sobre el colchón y yo le horadaba el ano desde arriba, arrodillado en la cama, levantando levemente sus caderas con mis manos, para mejorar la performance. Todo esto lo hacía con absoluto automatismo, cuando de repente, hice algo que no había hecho desde que comenzara aquella interminable cópula, y eso, que terminaría siendo una llave, un destraba cerrojos, no fue otra cosa que mirarla a los ojos. Allí comprobé, azorado, que Zen también estaba llorando. Esa empatía, esa simultaneidad del corazón, me generó tal desahogo que inmediatamente eyaculé, experimentando el mayor placer carnal de toda mi vida, el cosquilleó previo a la salida del semen fue tan intenso, tan absorbente, que parecía succionar todos mis órganos internos, para luego volcarlos en el intestino de Zen, para inundarlo de amor, un amor blanco y pegajoso, que era lo que entonces sentía, desde los dedos de los pies hasta mis cabellos. Recuerdo que segundos antes de eyacular, embargado por el gozo, grité como un desaforado, como un loco, y me mordía la lengua, con demasiada vehemencia, al punto de cortarme un pedazo.

El fragmento de lengua cayó sobre el vientre de mi partenaire, que sin dudarlo un instante lo atrapó con su mano derecha y se lo llevó a la boca, para tragarlo con lacrimógeno deleite tras dos rápidas mascadas.

Después de aquel epílogo al fin pude retirar mi pija de su vagina espléndida pero insaciable. De repente, cual ciclotímico, me sentí mucho mejor, eufórico, y me dieron ganas de conversar.

Le pregunté la primera obviedad que me vino a la cabeza. No me interesaba tanto la temática como sí el mero hecho de dialogar. Entonces la pregunta fue por el lado de Eos, la de los dedos rosados. Sin grandes preámbulos la interrogué sobre la extraña suspensión de ciudad Crepuscular en el momento iniciático del día.

Se notaba que ella continuaba muy excitada. No obstante, a regañadientes, comenzó a responderme.

Me dijo la detención del movimiento de rotación del planeta, según el relato oficial, había sido sugerida por el partido de los científicos poetas hacía más de trescientos años, y que una inmensa mayoría de la población había apoyado aquella moción en un histórico referéndum. Supuestamente el stand by infinito, el paro continuo al alba, generaría una masiva liberación de endorfinas entre los habitantes, y la alegría, desde aquel hito monumental, sería una fiel e inseparable compañera de todos.

Mientras desarrollaba, desganada, aquella explicación, no dejaba de mirar las pequeñas gotas de sangre que manaban de mi lengua lacerada y se escurrían por entre las comisuras de mis labios. Al instante comprendí que aquel espectáculo la excitaba aún más.

Agregó que también circulaban contra-relatos, a los que ella no brindaba demasiada importancia. Y dicho esto último comenzó a chuparme la pinga, para reactivarla y reanudar la jodienda.

Como yo insistí y le hice saber mi deseo de conocer qué planteaban esos contra-relatos, Zen, ligeramente malhumorada, entre succión y succión, me contó que en líneas generales, esas versiones alternativas de la historia, introducían la cuestión del complot, la idea de que tras el partido de los científicos poetas se hallaban los Jerarcas, y que la detención de la jornada en su punto inaugural nada tenía que ver con la alegría sino con el afán de extraer un mayor nivel de productividad de los cuerpos crepusculares.

Cuando comprobó que mi pinga no se paraba, su mal humor se incrementó, ya no contestó mis preguntas y se puso a morderme el lóbulo de la oreja derecha, primero con suavidad pero luego con tanta violencia que terminó por arrancarlo y engullirlo.

Volvió a trabajarme la pija con su boca y otra vez corroboró que estaba fláccida y no daba muestras de recuperar la erección.

Entonces empezó a chuparme el dedo índice de mi mano izquierda, y después lo mordió con tanta virulencia que me lo arrancó de cuajo.

Yo sentí una súbita debilidad, creo que murmuré alguna incoherencia y me desmayé.

Cuando desperté estaba sobre una camilla, intervenido por sondas y prótesis, adolorido intenté incorporarme pero mi fatiga era tan grande que volví a perder el conocimiento.

Al abrir nuevamente los ojos me topé con un rostro conocido, que me miraba con cierta sonrisa condescendiente.

Era ni más ni menos que Mono Blando, un colosal orangután súper inteligente que había conocido y tratado durante mis andanzas por el planeta Darwin.

Blando me explicó que la cortesana Zen había llamado una ambulancia, que me habían trasladado hasta el hospital central, y que por fortuna él estaba de guardia, así que tomó el caso en sus manos, me trasladó al subsuelo, donde tenía montado un quirófano clandestino, y en vez de reconstruir mis partes dañadas, tal cual lo exigía el protocolo, había decidido transformarme en algo “superador”, con el objetivo de que yo pueda abandonar ciudad Crepuscular y cumplir un rol mucho más digno.

Al pedirle que por favor me explicara de qué diantres estaba hablando, me dijo que al enterarse que yo era el nuevo actor contratado para desempeñar papeles lacrimógenos, sintió una gran ira, porque me conocía bien y sabía que yo estaba para roles más interesantes. A Mono Blando le caía muy mal el drama, y en cambio consideraba que el verdadero arte actoral sólo podía aflorar en obras que se desplegaban en tono de comedia.

En resumidas cuentas, el simiesco médico me había realizado una colosal cirugía para convertirme en un hombre pene. Mi cabeza tenía la forma de un glande inflamado. Mis manos no remataban ya en dedos sino en pijas. Y no sólo se trataba de formas vacías de sensibilidad. El simiesco cirujano consiguió dotar a mis partes reconstruidas de una receptividad mayúscula, fruto de los miles de corpúsculos de Krause-Finger que me había injertado.

Bajo el auspicio de esa mutación, Blando me aseguraba que podría abandonar ciudad Crepuscular sin inconvenientes, y dirigirme al planeta Fornica, donde me aclamarían como la nueva sensación del porno. Allí podría dedicarme a una vida fácil, garchando, bebiendo, concediendo entrevistas, volviendo a garchar, y así infinitamente.

Pese al delirante proyecto de vida que Blando había diseñado para mí, pese a la carnicería que había desatado sobre mi cuerpo, a la cantidad de prótesis que me había incorporado de la manera más arbitraria e inconsulta, pese a todo ese cúmulo de estupideces psicopáticas que aquel viejo conocido había descargado sobre mí, yo no estaba enfurecido ni deseaba cobrarme ninguna venganza.

Yo simplemente estaba abatido, y con un talente fatalista, me hallaba dispuesto a asumirlo todo, a afrontar esa y otras calamidades que con seguridad se desatarían sobre mí. Porque si bien antes de que el bisturí de Blando hiciese de las suyas yo conservaba mi forma original, por dentro estaba terminado, aniquilado por la condena lacerante y cancerosa de vagar sin descanso ni consuelo por el continum 19.


Fornica por mí, fornica por nosotros

El viaje al planeta Fornica lo hice colocado, bajo los efectos de un poderoso opiáceo que me recetó Blando, debido a que todavía estaban frescas mis cicatrices. La parte que más me dolía era mi cabeza, que había tomado la forma de un descomunal glande.

En el asiento de al lado viajaba Dietlinde Dörte, una estrella del cine romántico cuando yo era niño. Ahora se la veía como una calavera con ropas, aunque conservaba, no me pregunten cómo, su magnífica sonrisa de antaño. Fue por ese rasgo que pude reconocerla. Me contó una parva de cosas que a mí me parecieron de lo más intrascendentes y que rápidamente olvidé. Sólo recuerdo que en medio de mi viaje de opio, y mientras me miraba las manos, dijo que le encantaría que nos volvamos a encontrar, pero ya en un set de filmación, pues ella viajaba al planeta de los porno films para grabar un largometraje que se titulaba algo así como “Las viejas todavía quieren guerra” o “La guerra de las viejas trolas”.

Huir, mutar nunca morir. Infierno Kafkiano. Allá de gurí montado en pelo meta silbar. Espejismos, fiebres, ilusiones que se quiebran como se quiebra el lenguaje, los lenguajes, y queda la carne hueca, queda el vacío de huir, mutar y nunca morir.

Fornica era un gigantesco, un colosal set de filmación que incluía desiertos naturales, formidables cadenas montañosas con nieves eternas, azulados lagos que invitaban a la melancolía, selvas zumbantes de frutos y venenos… en cada ecosistema del planeta se montaba la jodienda, se encendían las cámaras, se filmaba, de día y de noche.

Al descender de la nave fui recibido por una banda que interpretaba una pieza de free jazz. Numerosas estrellas del porno se apiñaban para saludarme, ofrecerme tragos afrodisíacos o simplemente para lamerme los dedos penes que eran toda una sensación.

En Fornica se rodaba de todo un poco. Porno clásico, bien berreta, con mujeres portadores de titánicos implantes mamarios y diálogos absurdos, marcadamente inverosímiles, y poses sexuales que parecían pensadas para congraciarse con gorilas o con gimnastas olímpicos. Porno de autor, en el que hombres y mujeres tenían genitales promedio, y los implantes mamarios cedían cámara a diálogos más elaborados, a escenas sociales verosímiles y a veces hasta inteligentes. Justamente yo fui contratado para filmar una obra inscripta en esta última línea de producciones audiovisuales.

El film se titulaba “Transpenes del nuevo mediodía”. Leí el guión y no me pareció tan malo, salvo por un error flagrante hacia el final, justo en el diálogo de mayor espesor entre los protagonistas estelares, es decir, yo, que en la ficción me llamaba Manusfalus, y la multipremiada Cristelda Mandolín, que en la ficción se llamaba Tetusanus.

Al principio, durante la primera lectura del guión, como quien dice, a vuelo de pájaro, no le di demasiada importancia al yerro. Pero luego, a medida que avancé con las relecturas, me fui entonando cada vez más, mi ira comenzó un in crescendo vertiginoso que me llevó a pedir audiencia con el director, el demasiado famoso y según todos, también demasiado pedante, Angus Yaculation.

Cuando Cristelda se enteró que había pedido la entrevista vino a mi habitación (todos los integrantes del equipo de filmación nos alojábamos en un coqueto hotel cinco estrellas) y me rogó con edulcorada sensualidad que cancelara esa audiencia. Me dijo que me exponía a suscitar la ira de Angus y a perder mi rol protagónico en la película.

Yo estuve a punto de ceder ante la petición de Cristelda, sobre todo en el momento en que acompañaba sus ruego y ayes con esplendorosas succiones de mis dedos penes. Pero luego me repuse, suspiré con profundidad y le dije que no, que prefería exponerme con tal de no dejar pasar semejante atropello a la más básica de las erudiciones.

Como noté que parecía no entender lo que yo estaba planteando, se lo dije con todas las letras. Le comenté que me parecía inaceptable repetir un parlamento donde el personaje afirma que “Así habló Zaratustra” fue escrito por Foucault.

Entonces Cristelda cambió su gesto, ya no era incomprensión lo que trasuntaban sus ojos, sino pena, una suerte de conmiseración por alguien que, según su punto de vista, no sabía deslindar lo anecdótico, el detalle, de lo medular. Pena por alguien, en este caso yo, que confundía lo accesorio con lo fundamental.

Así terminó aquel pedido erógeno, sin haber conseguido torcer mi necedad.

Al día siguiente me encontré sentado frente a frente con Angus, en su extraña oficina, montada en rincón de la fastuosa suite emperador, que ocupaba en total soledad, pues se vanagloriaba de su carácter supuestamente ermitaño.

La mesa sobre la que tenía desparramados papeles vinculados al guión, tenía una textura rara, como si fuese fruto de un mestizaje entre la madera y la tela.

Me ofreció un café que tenía un intenso aroma a excremento de ganso o de algún ave de corral similar al ganso. Lo rechacé con un gesto tal vez demasiado enérgico.

El rostro de Angus pareció envejecer unos veinte años. Semejante efecto me dejó pasmado, y el astuto cineasta aprovechó esa ventaja para picar en punta.

--- Me cuentan que estás perturbado, que algo de tu personaje te molesta.

--- Ehh… no sé si perturbado es la palabra adecuada…

--- Pero querido viajero del infinito, cuesta creer que después de tanto trajinar, pienses que las palabras tienen alguna importancia.

--- Precisamente por eso. Recorrer las sucesivas e inconmensurables comarcas, atravesar los trepidantes puentes del tiempo, me ha hecho comprender que la única forma de no sucumbir ante el hastío, ante el más de lo mismo, es aferrarse a las palabras, a la ebriedad de la poesía.

Angus clavó en mí una mirada asesina. Era evidente que ardía en deseos de escupirme o abofetearme. Pero se contuvo. Inhaló profundo. Exhaló. Tomó un largo sorbo de su cacoso café, y luego me dijo:

--- ¡Pamplinas! Estás planteando un verdadero despropósito. Yo escribí y filmé más de cien guiones cinematográficos, y sé de primera mano, que las palabras son un chiste. El que se enamora de ellas es un payaso. Mirá, mirá lo que tengo guardado por acá…

Se puso a revolver viejos papeles en un cajón virtual que abrió pulsando una combinación de números en la pared.

Pese a que ya lo vi muchas veces, nunca termino de sorprenderme ante la paradoja de guardar información tangible, en este caso papeles, en un soporte digital.

--- Acá está… esta joyita es la que estaba buscando. Mirá, leelo.

Me acercó un volante añejo, y con ojos desorbitados esperaba impaciente a que yo lo lea.

Con desgano fui paseando la vista por las letras descoloridas que sobre un fondo amarillento presentaban su convite:

Gran Fiesta Patria. Vení a festejarla con tu familia. Asado con cuero. Todo el chamamé con Los gringos del Volga. También chacareras, gatos, doma en crines, pasteles de batata y de membrillo. Desfiles gauchescos, saltimbanquis, palo enjabonado, sorteo de boleadoras y cajón de naranjas.


--- Ah, el viejo planeta Tierra. Ellos sí que sabían divertirse --- dije como para pasar a otro tema.

--- ¡Pero qué tendrá que ver en este asunto la diversión! Acá estamos hablando del absurdo de vivir, de lo ridículo de todo lenguaje, de la nada que babean las palabras.

Como noté que Angus se iba acalorando cada vez más, decidía ir al grano, con la secreta esperanza de apaciguar su nivel de locura, o al menos, con la chance de direccionar esa locura hacia un tema más preciso.

--- Confundir a Nietzsche con Foucault es como confundir un agujero negro con un retrete.

--- ¿Y Foucault sería el retrete en tu ingeniosa comparación? ¡No me contestes por favor! Ya he cubierto por hoy mi cuota de despropósitos. No podría escuchar uno más sin derrumbarme…

Lo vi mirarme la cabeza, mi cabeza, con forma de pene, y suspirar. Entonces comprendí que reprimía sus deseos de golpearme y despedirme del film, sólo porque tenía en mente alguna escena no guionada, en la que estaba dispuesto a usar mi particular cabeza para horadar alguna vagina.

---Confundir ---retomó el hilo de su discurso, con evidente desgano---, confundir lo que se dice confundir, no. Por lo tanto no califica como error. Mi intención al introducir esa línea en tu parlamento, no fue otra que la de demostrar lo pequeñas que son las pretensiones intelectuales, lo poco que importa la erudición cuando llega la hora del placer.

---No estoy de acuerdo ---le respondí ya decididamente envalentonado---. Error o intencionalidad del guionista, lo cierto es que yo no estoy de acuerdo con esa línea y no pienso actuarla.

Como vio que me levantaba con la firme intención de partir, Angus se aflojó como una gelatina.

---No se hable más. Si no te cierra y no podés actuarla, se cambia y fin del problema. Mañana mismo te voy a acercar una nueva versión del guión. Mientras… qué te parece si nos endrogamos un poco. Tengo por acá una droga sintética que se consume vía gotero… me parece que se llama splash. Todavía no la probé porque me la regalaron hace muy pocos días atrás. Creo que es una muy buena mezcla entre la salvia divinorum y la atropina.

--- Gracias… pero estoy algo cansado. Prefiero acostarme y estar fresco para el ensayo de mañana.

--- Bien, bien por esa actitud tan profesional. Quedará entonces para otro momento.


Al regresar a mi cuarto, Cristelda, el bombón más porno de este hemisferio galáctico, me estaba esperando en la cama. Ni se me cruzó por la cabeza cómo diantres había entrado si yo al salir cerré con llave. Sonreí, pensando en los placeres que me proporcionaría. Y ella me devolvió la sonrisa, comprendiendo en el acto que Angus no me había echado, que yo seguía estelarizando el elenco de “Transpenes del nuevo mediodía”, y que ella, la ya mítica Cristelda, tendría la chance de alcanzar el Éverest de la fama, si lograba engullir con su siempre anhelante vagina, mi enorme cabeza glande.


En el set y en el pasado

Las jornadas de filmación eran trepidantes. El ensayo reglamentario por la mañana bien temprano. Luego un suculento desayuno almuerzo, para sostener en alto las energías que gastábamos al por mayor durante las tomas. Allí el garche era incesante. De 11:30 de la mañana a 15:30 de la tarde, con muy breves pausas, cojíamos a diestra y siniestra.

Arriba y abajo, de costado, parados, colgados de sogas y anillas, en escaleras, en automóviles, sobre embarcaciones, en aviones, cohetes, tanques, parques, estanques… Penetrábamos, succionábamos, frotábamos, lamíamos, gemíamos, eyaculábamos, acabábamos, nos corríamos…

Por la tarde nos recluíamos en nuestras habitaciones, donde después de ducharnos llamábamos a algún masajista, escuchábamos música, leíamos, jugábamos al ajedrez o simplemente dormíamos una siesta reparadora, esperando que la noche traiga las fiestas, las bebidas, los bailes, y nuevos garches, esta vez no guionados, aleatorios, o pasionales, o como cada cual quiera llamarle a esas calenturas que crecen y estallan al ritmo de los excesos nocturnos.

Dos o tres semanas sostuve aquel ritmo de locos, pero poco a poco fui sintiéndome más vacío y más triste. Entonces le pedía al director una botellita de splash. Y así comencé a drogarme todos los días.

Al principio caía al set colocado y a duras penas trataba de hacer lo que me indicaban. Pero con el correr de las jornadas decidí quedarme en mi habitación, aislado de todos y sin que nadie osara molestarme. De seguro que Angus, astuto manipulador, conociendo que yo era plenamente consciente de la necesidad que el film tenía de mi cabeza glande, les había ordenado no importunarme.

Así pues, librado a la más completa libertad psicoactiva, me clavaba de a tres o cuatro gotas juntas y viajaba, viajaba muy lejos.

La sustancia tenía la particularidad de dispararse hacia la veta abierta por cualquier pensamiento lo suficientemente intenso.

Mi infancia sin padre y con una madre demasiado nerviosa e incómoda en su rol. Infancia de postergaciones y alegrías raleadas, de fóbal al costado de las vías del tren, de amores imposibles y bicicletas veloces.

El splash me metía en ese mundo de la niñez, me permitía vivenciar con aromas, superficies táctiles y sonidos aquello que mi mente le robaba al pasado.

Diez años de vida. Un picnic del día de la primavera. No con los compañeros de la escuela, pero sí con los compañeros del transporte escolar. Todos iban a centros educativos distintos al mío, por lo que el festejo se me presentaba relajado y hasta cierto punto novedoso.

Sol, grama, flores fragantes y el juego de la botella. Sentados en ronda hacíamos girar la botella.

Y yo, convertido en estrella porno mutante, recostado en el piso alfombrado de mi habitación de hotel, revivía aquel evento primaveral como si estuviese transcurriendo en tiempo presente.

Una botella de vidrio color verde, vacía, gira sobre el pasto de un parque con estanques, con arboledas profusas, parillas con chorizos humeantes… la base de la botella me señala, y el pico le apunta a ella. Decide, como toda mujer, en qué lugar podré besarla. Descarto los labios y me dispongo a disfrutar de una de sus mejillas. Pero oh sorpresa oculta en los pliegues del devenir. Es su boca a la que puedo acceder. Magia humectada, transportación, vano intento de aferrar el instante para eternizarlo…

Y otras veces las gotas de splash me llevaban a un pasado menos lejano. Por ejemplo al planeta Anteniff, donde participé, como soldado raso, en la guerra contra los pulpos invasores.

Avanzo reptando, estómago sobre la tierra, con un casco que cada vez me pesa más y un arma de rayos desmaterializadores, que no sé bien cómo funciona pero que no pude rechazar cuando me la entregó el oficial de nuestro escuadrón.

Estoy transpirado y un incómodo temblor me gana los brazos y las piernas. Es miedo mezclado con la sensación visceral de que toda existencia es absurda, tan absurda como lastimera.

Los pulpos invasores eran una fracción escindida del vasto ejército de mercenarios que cubre las espaldas de los Jerarcas. Habían sufrido todo tipo de vejaciones, empezando por el exilio forzado desde su planeta acuático, continuando con el durísimo e inmisericorde entrenamiento al que eran sometido, para finalizar con su rebelión que les costó, como represalia encomendada por los Jerarcas a otros mercenarios, el exterminio de dos tercios de su población. El tercio restante, contra todo buen juicio, decidió convertirse en una pandilla de bucaneros brutales, dispuestos a invadir y aniquilar cualquier planeta en el que olfatearan cierta debilidad o escasa presencia de las huestes fieles a los Jerarcas.

Ahora veo a mis compañeros de barraca cagarse en los pantalones porque de improviso, sin que medie lógica espacial alguna, dos enormes pulpos de ojos desencajados, nos interceptan y bloquean el camino.

Así pasé días enteros, flasheando, desparramado sobre el piso de mi habitación, en aquel lujoso hotel alquilado por el equipo de filmación. Hasta que no pude más, y comprendí que iba camino a un suicidio edulcorado.

Rompí en mil pedazos el frasco y el gotero del splash, me hice unas hamburguesas (hacía mucho que no comía), dormí cerca de dos días seguidos, y luego, aprovechando que todavía nadie pensaba importunarme, porque seguramente habían seguido filmando distintas escenas en las que no era necesaria mi presencia, y pensaban que pronto pasaría mi etapa drogona y volvería al set, aprovechando todos esos elementos a mi favor, huí del hotel, disfrazado, con un gran sombrero en la cabeza y bultos en las manos.


Una fuga dentro de otra fuga

Yo, el errabundo, el obligado a vagar sin paz ni descanso por los infinitos pliegues del continum 19, intentaba, cruel y ridícula paradoja, escapar hacia delante, como si una fuga dentro de otra fuga pudiese darme la libertad que mi implacable condena me negaba a grito pelado.

Robe un taxi interplanetario. Creo que maté o herí gravemente al chofer. Mediante el sistema de posicionamiento universal ubiqué las coordenadas para viajar hacia Orchidaceae, un planetoide exclusivamente habitado por orquídeas gigantes, de una ferocidad legendaria, dispuestas a devorar en el acto a todo intruso que ose poner sus pies en sus comarcas.

Mito o realidad, poco me importaba. Tenía la certeza de que aquel era el único lugar en el que podría disfrutar de algo de paz. Ya sea siendo deglutido por las plantas (la paz del finado) o conviviendo con ellas (la paz del redimido). Se decía que ni siquiera los Jerarcas habían recorrido la superficie de Orchidaceae.

Llegué con los últimos granos de combustible, el motor recalentado y mi corazón palpitante.

Lo que vi al bajar me conmovió hondamente, despertando en mi ánimo una extraña y aguijoneante nostalgia. Sobre una sabana de elevados pastos, interrumpidos por pequeñas pero densas formaciones boscosas, se elevaban, aquí y allá, y sobre todo en las proximidades de los bosquecillos, enhiestas orquídeas de más de tres metros de altura, con flores cuyos pétalos eran del tamaño de las hojas de palmas adultas.

La primera que pude apreciar a centímetros de distancia era un ejemplar del género Phalaenopsis, con la perturbadora efigie de una polilla en sus flores.

Un poco más allá me topé con la Orchis Italica, que lanzaba al cielo sus hombrecillos con el pene erecto. Y fue en ese momento, mientras seguía con la vista la trayectoria de uno de esos falos vegetales, que caía en la cuenta de que el planeta estaba iluminado por un sol de color verde claro, que le imprimía al paisaje una atmósfera de aún más irrealidad.

Adentro de uno de los bosques, justo en medio de aquellos árboles que tenían el aspecto de araucarias angustifolias, aunque más tupidas, encontré una Dracula Simia, que después de mírame con gesto adusto, me sonrió, como invitándome a deponer temores y dudas.

Su sonrisa fue tan luminosa y beatífica que obró en mí como un rayo de paz. En el acto me senté sobre la grama, a lo buda, y comencé a segregar de mi cabeza glande, un semen abundante y fluido, que bajaba por mi cuello y brazos, despidiendo matices levemente ambarinos.

Mi secreción era tan copiosa, tan feraz, que pronto se formaron auténticas raíces seminales, que se confundían con mis piernas, que se adentraban en la tierra, sintonizando con el despampanante pero al mismo tiempo ataráxico hábitat de Orchidaceae.

En mi cuerpo mutante se manifestaba una nueva transformación. Con ritmo sostenido, veía pero sobre todo sabía que me estaba convirtiendo en una Ophrys bomybliflora, con rostro alegre, de esos que festejan la vida, pese a tanta condena…



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