top of page

"La calle 48" / Desde el portal del adiós

María Emilia Fierro García

 

María Emilia Fierro García, nace el 29 de febrero de 1996 en Quito, Ecuador. En 1996 se mudó a Guayaquil, donde cursó la mayor parte de su enseñanza básica. Posterior, se trasladó a varias ciudades dado al oficio de su padre (militar activo de la Fuerza Aérea). Actualmente, se encuentra cursando estudios superiores en Relaciones Internacionales en la Universidad San Francisco de Quito. A temprana edad descubrió su fascinación por la literatura (siendo una niña introvertida, el mejor refugio residía en los libros). Debido a la influencia de su abuelo paterno -el poeta carchense Luis Enrique Fierro- escribió sus primeros poemas a la edad de doce años. Sin embargo, hoy en día su escritura se enfoca mayoritariamente en la narrativa.

 

“La calle 48”



Los visibles acontecimientos se escribirán solos en la historia. Lo recuerdo (que difícil es definir aquellas sombras imaginarias) que rondaban por la calle 48. Mi desdicha desde muy niño ha sido definir cada punto como si me jugara la vida. Es una especie de batalla unilateral entre el abismo y la dulce sensación de traición.


Por ahora puedo decir que la escritura traiciona y lo visible consuela. Nunca me conformaré con las traiciones pero son el único juego, como en el ajedrez, donde en cada movimiento al menos uno se juega la vida (siempre me ha gustado jugarme la vida). Me encanta refugiarme en la recreación interminable de combinaciones traicioneras. A pesar de mi fascinación, siempre encuentro la forma más reconfortante de exponer los hechos donde las sombras se apoderan de los puntos y comas.


La noche anterior parecía ser un presagio, mi garganta sentía un ruido temporal. Estaba seguro de que cuando el ruido y las voces concluyeran, todo habría terminado. Como diría Benedetti: la noche estaba de ojos abiertos.


Comencé por leer las cartas que escribí y nunca llegaron al destinatario. Tenía la rara costumbre de escribir en todo momento a fantasmas en puntos suspensivos. Lo único visible eran aquellas letras torcidas escritas en pergaminos olvidados por la memoria. Tal vez nunca o siempre me he encontrado dispuesto al olvido. A ser olvidado, olvidar, olvidando, olvidarse, olvidándose. 48 calle mirada y perdida tú. Aquellas combinaciones discretas que envuelven misticismo e irremediables conjugaciones. Y culminó el ruido…


Me senté al costado de mis libros, junto a mi mesita de lloro de tardes y tu silueta vacía. Y con vacía me refiero a aquellos efectos colaterales. Me aturdes, me reconfortas, me traicionas, me planteas un juego y terminamos jugando dos. Debo admitir que entre tú y la escritura me juego la vida por escribir y escribo jugando la vida por ti. Acaso no daría la vida por saborear la traición de la calle 48.


Claudia era como amaneceres púrpuras, imposible describir sus ojos capulí, boca de espinas de poetas y manos de colibrí. Le gustaba la simplicidad, era un ser inocente y poco prudente. Algún día por ahí la encontré hablando de Horacio y la Maga, Madame Bovary, Werther, entre otros que han establecido un punto de encuentro donde se separa el cielo y el infierno (el mismo punto donde ella y yo acertamos). La observé desde lejos, las nubes de tiza y cantos de sueños me amenazaron con un suspiro el privilegio, de poder ver a ese ser de otro mundo. Claudia me había robado la costumbre, el hábito. Ahora yo ya no era yo, ella era ella. Y yo era… ella.


Sentía una necesidad tan asistida de saborear su nombre, tomar su mano. Escribir una carta ahora con destinatario. Me encontraba tan lejos de mí mismo que en dos pasos ya estaba refugiándome en sus labios de seda. Nunca, siempre, desde siempre, para siempre, nunca desde siempre, siempre desde nunca, el ruido era yo. La vida se aseguró de evitarme cada noche y cada día para perder la razón ese día de besos amapolas.


Le pregunté su nombre y con un acento peculiar me respondió: “me llamo Claudia”. No preguntó por mi nombre, pretendía ya saberlo. No reconozco qué clase de pacto hemos firmado (no leí las cláusulas). Debo admitir que algo en mí reconoció que ya existía mi firma en sus pupilas girasoles. Su voz melódica recorría mis venas como agua y aceite; anunciaba algo de imposible, una voz rencorosa de traición.


Sellé las cartas que te escribí durante 20 días y doscientas noches.


¿Claudia, cómo puede ser posible que aún te escriba cuando ya no existes, cuando ya no eres tú ni yo?


¡Explícame qué sucedió en la calle 48! necesito tu aroma, tus labios…


¿Claudia? ¡Claudia!


¿Quién es Claudia? -Me repetía una y otra vez-. ¿Por qué te escribo cuando no sé quién eres?


Claudia solía pasear por el parque pisando las hojas secas de las esquinas olvidadas. Le gustaba el sabor del desprecio. La banca de la calle 48 era nuestro lugar favorito en el cual nos dedicábamos a improvisar versos y rimas donde habitaba el abandono.


La carta número cuatro. Oh querida Claudia cómo olvidar esa carta. En cada punto me jugaba el final. Aquella secuencia de hechos eternos que tan sólo envolvían segundos. Cada pieza estaba alineada a tu final (con tu sello, tu firma, tu olor de moscas). La había escrito siete años antes de conocerte. No he roto la promesa de sellar las cartas y enviarlas al baúl desprolijo debajo de mis libros favoritos. Cabe aclarar que nunca olvido, es decir, siempre yo he estado dispuesto al olvido pero nunca a olvidarte. ¿Acaso eres “mi excepción”?


Te vi, en aquella banca, junto a él. Una alondra se alojó en mi garganta y volví al día de la carta número cuatro, siete años atrás. No dudé en seguir las instrucciones tal y como las había descrito. Un total de tres pasos eran destinados a seguir.


Aquella noche volvió, su ternura me regocijó en sus labios por última vez. He decidido finalmente que lo visible reconforta a aquellos iluminados. Sin embargo, lo invisible traiciona, juega al azar, y plantea juegos inconscientes a las almas puras. Observé en el fondo de su legua un olor a rata, indeseable, asquiento. Probé su lado obscuro. Qué leve sensación de placer fue sentir aquella boca.


Los tres pasos eran tan sencillos que incluso la simplicidad los envidiaba. Todas las piezas se encontraban alineadas para el “jaque mate” (para el victorioso final). Claudia lamento escribirte que nunca aprendiste a jugar con el otro lado de la moneda. Te escribo para contarte que ya no estas viva y no sé quién eres. Los tres pasos a seguir quedarán en el baúl y en tu cuerpo, nada más queda decir que siempre te amé y siete años atrás ya te maté.


Te amo querida, no sé quién seas, te amo o te amé.



 

Desde el portal del adiós



Sería mejor no escribirte

en estos eternos días

Es necesario tenerte lejos

para dolerte menos, o más

(tal vez solo lo suficiente)

No entiendo qué razón oscura

nos envolvió

Encontrándote en los rincones

menos indicados

En esquinas prófugas

en versos sin palabras,

En cristales rotos,

en relojes de solo segundos

El marinero despidiéndose

desde el portal del adiós

naufragando (te naufraga)

Queriendo estar allá,

estando aquí

El color de sus abrazos.

Siempre ha querido estar,

o ser, o pertenecer

Soñando desde el viento.

Esperando estar despierto,

imprime garabatos de su mirada

Perdiendo la efímera

sensación de poseerla

Las palabras se esfuman

en cada puerto

Él prefiere escribir,

escribirle, escribirse

bottom of page